"El secreto de ser aburrido es decirlo todo"

Voltaire.

domingo, 22 de febrero de 2015

AQUÍ SE JUEGA.

El perdón compasivo, el disimulo o la inacción ante los    grandes defraudadores fiscales ha ido acompañado de gestos hipócritas. Mientras el Gobierno de Zapatero perdonaba a los defraudadores de la lista Falciani prometía un esfuerzo de solidaridad de los que más tienen. Cuando el de  Rajoy aprobó la amnistía fiscal, anunció que no subiría el IVA y habló de un sistema de impuestos equitativo.
Se asombró al enterarse, por los libros de contabilidad, de que algunos jugadores recibían importantes adelantos, pues ignoraba que, para que la gente juegue, es necesario estimularla.
Los sótanos del Majestic
George Simenón
                                                                                                       

El ministro que implantó en España el IRPF, Francisco Fernández Ordoñez, contaba años después de que eso sucediera, que sólo tenía amigos que eran personas jurídicas y no personas físicas. La anécdota se la escuché en el Congreso de los Diputados al vicepresidente económico, Pedro Solbes. Era el año 2004. Con ello quería explicar cómo en su entorno de forma generalizada cada contribuyente constituía una sociedad para evitar pagar en el Impuesto sobre la Renta de la Personas Físicas y hacerlo en el de sociedades cuyo tipo impositivo era claramente más bajo.

El comentario no tenía por objeto quejarse de esa transmutación de lo físico en lo jurídico, sino reclamar un tipo impositivo máximo igual para ambos casos o, lo que era lo mismo, bajar el IRPF para los que más ganan. No se tienen noticias de que esa costumbre detectada por Francisco Fernández Ordóñez entre sus amigos haya desaparecido. Incluso con el paso del tiempo se perfeccionó. Se crearon las Sicav, no para los adinerados, sino para los ricos, ricos. Con ellas el pago al fisco no pasa de ser una propina: el 1 por ciento de lo que se posee, engorde lo que engorde la Sicav con los ingresos de cada momento.

Con todo y con eso,  este modo de minitributación no dejaba de ser insatisfactoria, a la vista del dinero escondido en paraísos fiscales. Vamos  ahora a hechos más concretos. En mayo de 2010 las autoridades francesas comunicaron formalmente al Gobierno español que 1.500 personas tenían unos 6.000 millones de euros ocultos en cuentas del banco HSBC en Suiza. Es la parte española de la lista que Hervé Falciani había extraído de esa entidad, el fraude fiscal más grande jamás detectado y documentado.

Hacemos memoria. Ese mismo mes, el 20 de mayo de 2010 el Consejo de Ministros aprobó la reducción en un 5 por ciento del sueldo de más de 3 millones de españoles, los empleados públicos. También la congelación de las pensiones de 8 millones de personas. Era la aplicación de las medidas anunciadas por Zapatero el 15 de marzo: “cueste lo que cueste y me cueste lo que me cueste”. La vicepresidenta económica entonces, Elena Salgado, transmitió, en la rueda de prensa en la que detallaba el tajo, una promesa de Zapatero, "en el momento oportunopresentaremos una propuesta para que haya un esfuerzo de solidaridad por parte de aquellas personas que más tienen". Nunca se volvió a saber más de ese "esfuerzo de solidaridad", excepto que se tratase de lo siguiente:

Pocos días después, el 16 de junio de 2010, la Agencia Tributaria avisó a 659 de los defraudadores de la lista Falciani para darles la oportunidad de que declarasen lo defraudado. No les abría inspección alguna y colaboraba de ese modo en tapar el delito fiscal. Se trataba de una amnistía encubierta en toda regla. Es conocido que el trozo más grande de esa tarta correspondía a la familia Botín: 2.000 millones de euros de dinero opaco, por los que pagó al fisco poco más de 200 millones. Eso significa que tributó un 10 por ciento por años de ocultación de ese capital, aproximadamente el mismo tipo que paga en España el que gana 16.000 euros al año, naturalmente sin defraudar a Hacienda.

Nunca se escuchó al Partido Popular quejarse de este tratamiento, de este “esfuerzo de solidaridad”, aplicado por el Gobierno de Zapatero, a pesar de que entonces se quejaba hasta del respirar de cualquier ministro. Pero, por si había alguna duda, el nuevo Gobierno de Rajoy, quiso también contribuir a ese “esfuerzo de solidaridad de los que más tienen”. Lo hizo tres meses después de llegar al poder. El 30 de marzo de 2012, el Consejo de Ministros autorizó a todos los defraudadores fiscales a ponerse a bien con el fisco pagando tan sólo el 10 por ciento de lo declarado que no hubiese prescrito. Daba igual la cantidad. Es la conocida amnistía fiscal. Cristóbal Montoro y el Boletín Oficial del Estado la llaman Declaración Tributaria Especial. Se acogieron a ella 31.500 contribuyentes, que declararon casi 40.000 millones de euros. Por ellos pagaron 1.200 millones. Es decir, tributaron un 3 por ciento del dinero que tenían oculto al fisco, porque una parte del fraude estaba prescito.

De nuevo hacemos memoria. Tres meses y medio después, el mismo Gobierno de Rajoy rebajó el sueldo de empleados públicos ese año un 7 por ciento, mediante la supresión de la paga extra de diciembre, entre otros muchos sacrificios pedidos a los ciudadanos.
No entro en detalles más conocidos y ejemplarizantes, como el dinero negro con el que el PP pagó las obras de su sede, los sobresueldos en negro cobrados por Rajoy y el resto de los máximos dirigentes del PP, el fraude fiscal del que la justicia acusa a la Infanta Cristina, a pesar de que la Agencia Tributaria trataba de exculparla con el argumento de que era correcto que se hubiera deducido unas facturas reconocidas como falsas.

Y todo con un ministro, Cristóbal Montoro, que ha hecho de  los datos confidenciales de la Agencia Tributaria un instrumento de extorsión política a su servicio. “¿No tendrá usted algún asunto pendiente con Hacienda?”, me podría decir Montoro, si leyera esto. Lo ha hecho con medios de comunicación, con actores o con políticos.

En fin, todo esto me recuerda una escena de la película Casablanca, muchas veces citada en situaciones como estas. Es aquella en la que el capitán Renault, policía corrupto, ordena desalojar y cerrar el bar de Rick, por decisión del mando alemán. “¿Con qué derecho me cierra usted el local?”, pregunta airado Rick. “¡Es un escándalo, he descubierto que aquí se juega!”, responde el jefe de policía, mientras recibe el dinero de sus ganancias en la ruleta que le entrega un camarero.

lunes, 22 de septiembre de 2014

EL DOGMA.

La implantación del modelo neoliberal no sólo tuvo  como consecuencia el estallido de la crisis financiera. Trajo algo casi peor: la eliminación completa de cualquier otra forma de entender la política económica.  Hizo pensar a los ciudadanos que no hay otra alternativa, que la economía es así y no queda otra.
“Es sorprendente el número de tonterías que se pueden creer temporalmente si se aísla uno demasiado tiempo del pensamiento de los demás, sobre todo en economía”.
John M. Keynes.


El juego de las adivinanzas puede ser un recurso entretenido para matar el tiempo en un viaje o un recurso fácil e infalible de un programa de televisión. Pero también puede ser útil para sacar conclusiones, si la solución a cada pregunta resulta sorprendente, inesperada.  En ese caso nos puede hacer pensar.  Es esto último lo que pretendo. A eso vamos. Empezamos…¡ya!

Primera prueba.

“Con fines de socialización, el suelo, los recursos naturales y los medios de producción pueden ser situados bajo un régimen de propiedad colectiva o de otras formas de gestión colectiva por una ley que fije el modo y el monto de la indemnización”.

Hagamos un ejercicio de imaginación. ¿A qué pertenecen este párrafo? Es un precepto incluido en una constitución. ¿Cuál? La de Ecuador.  No, no es esa. ¿Tal vez la de Bolivia? Tampoco. Se trata del artículo 15 de la constitución alemana. La Ley Fundamental para la República Federal de Alemania. Ese es su nombre exactamente. Sí, la misma de la que proviene el poder de Angela Merkel. Obviamente no se ha incluido en ella tal cosa durante el mandato de la actual canciller. Su origen está en el de la propia constitución, en 1949. Estaba naciendo la nueva Europa, la que acordó el desarrollo  del Estado de Bienestar como signo de identidad y motor del crecimiento.

Sigamos jugando a las adivinanzas. Segunda prueba.

-Un país donde el tipo impositivo máximo, el que pagaban a Hacienda los que más ganan, era el 91 por ciento.

Resulta difícil ¿no?  Podría ser, por ejemplo, algún país con un gobierno populista. Pero no es así.  Era Estados Unidos. Y no un año de locura: entre 1951 y 1963. Fue el periodo de mayor crecimiento de la economía norteamericana y posiblemente el periodo de mayor prosperidad de la historia. De hecho, entre 1940 y 1980 el tipo máximo del IRPF en Estados Unidos no bajó del 70 por ciento. Los “confiscadores fiscales”, según la concepción tributaria neoliberal, fueron “populistas” tan significados como F. D. Roosevelt, Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford y Carter. La involución conservadora de Reagan dio al traste con el modelo que había sido objeto de consenso en Estados Unidos y en Europa.

Pasamos a la tercera prueba.

-Pensemos en otro país. Allí tienen nacionalizada la electricidad. También la principal compañía aérea, la empresa que da servicio telefónico a toda la nación y las que suministran el agua. Además es propiedad del Estado la primera siderúrgica, que representa el 90 por ciento de la producción del país.  Está nacionalizado el transporte interurbano por autobús y por supuesto los ferrocarriles y los aeropuertos. Pero, no sólo eso, son del Estado la primera empresa de fabricación de automóviles y la compañía que ejerce de hecho el monopolio del petróleo, entre otras muchas.

A estas alturas del juego nadie cae ya en la trampa de pensar que se trata de un régimen bolivariano. Pero, podría ser…¿alguna dictadura populista y atrasada? No. Tampoco. Hablamos de Gran Bretaña, entre 1950, en realidad bastante antes,  y 1979. En ese año accedió al poder la involución conservadora, con Thatcher a la cabeza y vendió este capital público por 30.000 millones de libras. Sería para favorecer el crecimiento. Es el argumento empleado. Pues entre 1950 y 1979, en medio de tanta nacionalización, la economía británica creció más que en periodo posterior:   una media de 3 por ciento. Desde la ola privatizadora el crecimiento, que teóricamente justificaba la privatización en masa, ha sido menor: del 2,4 por ciento.

Son tres ejemplos de Alemania, Estados Unidos y el Reino Unido. Y  explican  que hay otras formas de organizar la vida económica. La implantación generalizada del modelo neoliberal con la irrupción de la Revolución Conservadora, que trajo Reagan y Thatcher, no sólo ha tenido las consecuencias que todo el mundo sabe, con el estallido de la crisis financiera en 2008. Trajo algo casi peor: la eliminación completa de cualquier otra forma de entender la política económica.  Hizo pensar a los ciudadanos que no hay otra alternativa, que la economía es así, con los pequeños matices que introduzca la alternancia política. Cualquier otra cosa, se hace ver, es voluntarismo insensato o populismo fácil, que pone en riesgo a los ciudadanos. El grave riesgo que los ciudadanos han asumido en cambio se materializó con la crisis y esa forma de entender la economía. Y no sólo se transmitió este dogma a la gente de la calle. Las facultades de economía arrinconaron otros modelos en sus enseñanzas y la mayoría de los economistas aceptaron el dogma. Tanto es así que se le bautizó con la expresión “pensamiento único”.

Los tres ejemplos citados son una sencilla muestra de que ese dogma del pensamiento único es una falacia.


Esto no ha sucedido sólo en los últimos 40 años.  John Keynes hacía referencia en 1936 al dogma económico de entonces, que con matices es el mismo que el actual, lo denunciaba y explicaba así la razón de su dominio incontestable: “le dio autoridad el hecho de que podía explicar muchas de las injusticias sociales y aparente crueldad como un incidente inevitable en la marcha del progreso, y que el intento de cambiar estas cosas tenía, en términos generales, más probabilidades de causar daño que beneficio; y, por fin, el proporcionar cierta justificación a la libertad de acción de los capitalistas individuales le atrajo el apoyo de la fuerza social dominante que se hallaba tras la autoridad”

lunes, 2 de junio de 2014

CINCO ESTAMPAS POSTELECTORALES

La indiferencia de los mercados, los tópicos para explicar el lógico desapego de los ciudadanos, la banalidad como respuesta al desastre, la adhesión a la sorpresa electoral  o búsqueda atropellada de tesis descalificadoras de la misma, componen el mosaico de estampas de una semana postelectoral


Una. La bolsa va a su bola.

Ningún indicador como la bolsa ha reflejado de manera más fría lo que para la economía han sido las elecciones al Parlamento Europeo. Tras el revuelo político ocurrido la Unión Europea en estos comicios, la bolsa amaneció el lunes con subidas que se fueron haciendo más pronunciadas según transcurría la jornada y así siguió el resto de la semana. El primer ministro francés había llamado terremoto a lo sucedido en los comicios, en el Reino Unido los conservadores en el gobierno  se habían hundido, mientras triunfaba la opción de sacar a Gran Bretaña de la Unión Europea. Merkel había perdido 6 puntos respecto a la anterior consulta. En Grecia había ganado el partido que está dispuesto a decir no a la Troika. Y en España los dos partidos que han dominado de manera total la gobernación del país no llegaban al 50 por ciento.
¿Por qué la bolsa no reaccionó a esto con preocupación cómo los gobernantes europeos? No lo sé. Pero sólo encuentro una explicación coherente: a los que deciden comprar y vender cantidades masivas de acciones en bolsa les da igual quien esté en el Gobierno. La experiencia les ha dicho que en realidad los que mandan son los mercados. Los gobiernos se someten a su voluntad. La impasibilidad de la bolsa es la muestra más palpable de lo bajo que ha caído la democracia, es decir la acción política decidida por los ciudadanos.

Dos.  Un esfuerzo de pedagogía.

El Partido Popular puede haber encontrando ya la solución a la pérdida de 18 puntos en los comicios europeos: “recuperar crédito electoral, ahora que la estabilidad está garantizada, para avanzar en el camino de la recuperación económica” y que el partido “no se detenga un minuto, que retome la iniciativa política y que haga un esfuerzo de pedagogía explicativa a los ciudadanos”. ¿Es Rajoy el que lo ha dicho? No. ¿Es Cospedal tras la reunión de la ejecutiva del PP el pasado lunes? Tampoco. Es lo que un periódico recogió de lo dicho por Zapatero en octubre de 2010, cinco meses después de que en mayo inaugurase, por orden de la Unión Europea, la etapa de la austeridad. Un año antes de que eso supusiese el hundimiento para su partido.  Cospedal dijo algo muy parecido el lunes pasado: pidió “un esfuerzo de pedagogía, de comunicación, más intenso”. Lo de más intenso debía ser porque Rajoy ya había pedido a los suyos en junio del año pasado “un esfuerzo de pedagogía para explicarlas –las reformas- a los ciudadanos”. De este juego de cubiletes parece entenderse que el problema es no haber sabido explicar a los ciudadanos que si les despiden las empresas con más facilidad y menos indemnización es por su bien o que si ahora les pueden bajar el sueldo más fácilmente es en su beneficio. Lo que falta es explicarlo.

 Tres. ¿Congreso abierto…cerrado?

Del debate entre los socialistas sobre su hundimiento no sé qué decir. Mientras escribo esto llevo un rato dándole vueltas…y no hay manera. Lo mejor que encuentro para entrar en materia es esa frase de Rubalcaba de que “la gente lo está pasando muy mal y hay gente de que se acuerda de que esto empezó cuando estábamos en el gobierno”. Reflexión que debería llevar a tener paciencia y esperar a que a la gente se le olvide. También he escuchado eso de que “hay que abrirse a la sociedad”,  Es el argumento que emplean algunos para situar  ese apasionante debate de si debe haber primarias antes de un Congreso, para pasar después a si la secretaria o secretario general debe ser elegido o elegida por los militantes o por los delegados. Es un asunto que a los ciudadanos “que lo están pasado muy mal” les apasiona. Sobre todo por la vacuidad del debate, con propuestas tan manidas como “abrirse a la sociedad”. Se puede hacer la prueba,  buscar en Internet y encontrar que esa obviedad la propugnan instituciones tan variopintas como el PP, la Diócesis de Segorbe-Castellón, Izquierda Unida, los Servicios de Defensa e Inteligencia del Estado, la Confederación de Empresarios de Zaragoza, el Tribunal de las Aguas de Valencia o una logia masónica. Así como el PSOE, naturalmente.  
   
Cuatro. ¿Dónde estaba el 15 M?

Más de un  millón doscientas mil personas llevan desde el domingo 25 hasta ahora reconociéndose autores de la sorpresa electoral. Pero llama más la atención la  reacción del resto. El carácter secreto del voto hace imposible sacar más conclusiones, pero se escuchan comentarios de muchos otros atribuyéndose parte del éxito de Podemos sin que posiblemente les hayan votado. Otros llevan siete días elaborando a marchas forzadas sus tesis descalificatorias contra la formación que se ha pasado de la raya, consiguiendo cinco escaños, parece que sin permiso alguno. La acusación de que su dirigente, Pablo Iglesias, se ha aprovechado de su capacidad para hablar en televisión parece un sarcasmo, cuando las dos fuerzas mayoritarias se pasaron la campaña electoral ocupando espacios de televisión, radio y periódicos empleando tópicos y diciendo simplezas que a la gente les traen sin cuidado: ¿Quién se acuerda ahora del enfrentamiento entre un candidato machista y una candidata justamente ofendida? Pues fue ese el eje de la campaña electoral, aunque a estas alturas nos parezca increíble, en un país donde “la gente lo está pasando muy mal” y no por una catástrofe natural, sino por la acción del hombre, de los hombres que gobiernan.

Cinco. No lo vimos.


En la última estampa se plasma al retratista. Creo que las elecciones europeas eran una herramienta útil para conocer el poder de penetración de los medios de comunicación profesionales, frente a la multiplicidad de medios dispersos alternativos que han aflorado al calor de Internet. El resultado de la evaluación no hace falta ni mencionarlo. No me refiero sólo a las redes sociales, sino a mucho más que eso: blogs, televisiones artesanas, periódicos alternativos y demás. Tampoco hablo aquí de la dicotomía entre medios convencionales (papel, televisión, radio) y digitales. A estas alturas el periodismo dispone claramente de más capacidad digital que cualquier bloguero, trabaja en las redes sociales y estudia profusamente la manera de sacar el mayor partido posible a esos nuevos instrumentos, aunque aún les falte mucho para completar su transformación. Pero hay algo por encima de esto: el contenido que transmiten esos instrumentos, la sensibilidad para captar las preocupaciones sociales, el razonamiento crítico para explicar lo que pasa. Según el escritor vienés Stefan Zweig  “obedeciendo una ley irrevocable, la historia niega a los contemporáneos la posibilidad de conocer en sus inicios los grandes movimientos que determinan su época”. Parece que en estos momentos nos está negando no sólo conocer los grandes, sino también los más pequeños movimientos.